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VISITANDO LA NOCHE
Por Carlos Henao
Escribir un guión es navegar en un universo desconocido para atravesar túneles hasta llegar a una pequeña, intensa y lúcida luz de una historia que hable de uno mismo y de los demás.
Cuando empezamos a escribir el guión de La sangre y la lluvia, Jorge de Calí y yo de Medellín teníamos en común el gusto y el sueño por casi las mismas películas que habíamos visto, cuando hablábamos de ellas era hablar de alguien conocido, como si esas imágenes las hubiéramos soñado juntos.
La inspiración de la película ya estaba en Jorge, el había escrito una primera versión y cuando nos hicimos más amigos en un Festival de Cartagena me propuso que re escribiéramos el guión juntos, así nació una amistad y la idea de hacer una película.
Esta historia que sucede en Bogotá y desde el principio fue imaginada para que todo ocurriera en una noche, exigía un conocimiento más profundo de la realidad por que el tono que siempre nos llamaba era contar lo que le pasaba a los personajes como si lo hubiéramos vivido nosotros mismos. Es lo mejor cuando uno escribe un guión, alimentarse del aire y de las emociones que uno imagina que viven los personajes.
Imaginábamos una película realista, no en la superficie de la realidad si no en aguas más profundas de esa realidad y ahí llegamos a las emociones como lo más verdadero y profundo de la película.
Queríamos hablar de los verdaderos sentimientos de unos personajes que nadan en la noche en medio de aguas turbias. Para hablar de esos sentimientos puestos en los protagonistas descubrimos tal vez que esta película debería poner más el énfasis en los personajes que en la misma trama. Tomamos el riesgo dejando muchos acontecimientos en la memoria de cada uno de los personajes y quisimos concentrarnos en la intensidad del tiempo, en esa línea delgada de una noche como la que viven Jorge y Ángela.
Estar en los personajes y en sus decisiones nos exigió conocerlos más, hacerlos parte de nuestra vida cotidiana y tener los ojos despiertos en medio de la noche que íbamos descubriendo con la trama.
Estábamos hablando de una ciudad y de unos personajes que reconocíamos en nosotros mismos, en nuestros semejantes, amigas y amigos y en la crónica roja de una Bogotá que absorbe como una buena esponja todos los males y cicatrices que nos tocan.
Si la película y sus personajes nos llevan de la mano en medio de la noche a descubrir esas verdades invisibles que creo que hay en La sangre y la lluvia, no es porque necesariamente nos guste la violencia o la manera como los personajes resuelven sus conflictos, si no que por respeto a la realidad misma de la noche, nos llevó a transitar por los túneles de esa fría Bogotá y descubrir, tal vez de una manera romántica, el amor en medio de la sordidez.
No queríamos hacer una película más sobre la violencia y buscar los clichés de un género, queríamos hacernos las preguntas que tal vez nos hacemos todos los días: ¿Por qué somos como somos y resolvemos nuestras diferencias matándonos unos a otros? Queríamos ir más allá de las acciones y buscar en el alma de sus personajes todo atisbo de humanidad, de algo que nos digiera quién hay detrás de cada ser que habita la noche en la ciudad.
Navegamos por el río de esta historia y no quisimos hacerlo solo por la orilla, queríamos hacerlo por lo más profundo y certero de llegar al alma de ella, que este barco nos llevara a algo mágico y nos hiciera pensar. Como alguna vez dijo ese maestro que es Ingmar Bergman: “... distraer en el sentido más amplio y mejor de la palabra, es decir, cautivar a las personas, sujetarlas con mano firme y, al mismo tiempo, hacerles pensar”.
Después de cinco versiones o más del guión y años de trabajo, llegamos con certeza a filmar lo que ahora muchos de ustedes verán como La sangre y la lluvia, una película que después de hacerla, sé que no soy el mismo. Espero que esa misma sensación la tengan ustedes cuando la vean.
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